Los momentos más lúcidos son los de la pereza. es su mejor pretexto y su excusa favorita. pero es verdad. cuando todavía tiene los ojos cerrados y uno de los pies de su conciencia empieza a acercarse a la idea de salir de la cama y tocar el suelo frío, siempre le gana la siesta. entonces vienen los recuerdos y su hilo de polvo bajo la luz, brillante, efímero, vacío. es una cadencia discontinua. un parpadeo del aire que los hace maravillosos. su aventura. su comienzo. casi un sueño que le permite a sus propias nociones de lo que ha vivido ser ajenas, que les da el frescor de sentirse como otra vida ajena y conocida, maleable, pero también definitiva. aquellas fantasías se mezclan con momentos inconscientes de una respiración profunda y lenta, con el calor del cuerpo joven y aún más holgazán en esa hora larga de las dos de la tarde en que julio sí duerme de verdad, enroscándole una pierna. Pero no son un sueño. sus viejas emociones, algunas pesadas, otras divertidas, se inflan en cuerpos y rostros absolutos, con nombres propios y parlamentos y, sin embargo, el mundo se oye lejano. pasan los rumores y motores de la avenida, la voz de una señora que grita, quizá ofreciendo algo, quizá buscando a su perro indisciplinado. las campanas orientales –tan de moda – con que los vecinos deben haber decorado su minúscula terraza, indistinguibles del chillido de algún pájaro insulso o de una ventana oxidada, al amparo suspendida de sus entorpecidos goznes. el aleteo de las palomas que detesta, el teléfono de al lado que alcanza a oírse timbrar tiran de su pie, de la idea de su pie que debería desenredarse de ese lugar tibio para poner a marchar el mundo de la ocupación y la vigilia. Y al tiempo, todo al tiempo, aparecen las palabras inoxidables, de todas las eras de su existencia y las poses y los recuerdos de días que alguna vez parecieron tan radicales, tan dueños de su rol y su dignidad como para creerlos “reales”. La vida real, esa tela roja sobre la que ahora desenrolla parrafadas inconexas. imagina luego otra cosa. pierde suavemente el pulso que su conciencia mantuvo con el calor de la tarde, se acomoda apenas moviéndose un poco. La siesta va dejando su estela de amnesia. Imagina un elefante al que le crece pasto en el lomo…
Cheenglish
viernes 9 de julio de 2010
The globe
Escenario
Algo como una gran avenida congestionada y de sardineles estrechos. Algo como una ciudad, una premetrópoli llena, superpoblada en las márgenes eternas. Una ciudad en la que la mezcla de la luz – las luces nocturnas de automóviles, restaurantes, esquinas del comercio, gasolineras – y el smoke y el ruido y la velocidad pesada de los autobuses hacen que la gente camine mirándose los pies, levantando a veces la mirada con una tensión incómoda de polvo en el aire. Una de esas ciudades de los relojes de hotel: Lima, Buenos Aires, Santiago. Y ahora, la hora: 6:45, 7:00, meridianos más, meridianos menos: 5:45, Bogotá, Sao Paulo. El atardecer ensordece con su azul desorientado. Aquí no hay horizonte sino siluetas. La vista pasa de los zapatos oscuros a los contornos sobreexpuestos de las antenas parabólicas, las chimeneas ocasionales en desuso, los tanques de agua que coronan edificios no muy altos, apenas lo suficiente para ocultar lo que queda del sol, tras las bodegas, lo que queda del día, tras las instituciones, y duplicarse en una sombra retinta, extinta, absorbente, recortada por algunas pocas casas.
El sol se pone así. Sin ponerse, se pone. (Me pregunto si es posible un sinónimo de ex-puesto… ¿emergido?). Es un sol relevado por un cielo que fue intenso y azul en la prehistoria de la mañana y al que ahora se le coló toda la negrura del mundo con la aparición de la primera estrella, que será la única visible, o quizá se trate de una antena que titila, o un satélite inmóvil, nueva tecnología de la ex-Aereocivil, desde hace poco propiedad de Lufthansa, que previene los desastres aéreos a lo lejos–. Es la hora culpable de un meridiano nocturno, tan similar a los de la mañana, que casi puede predecirse. Parece la hora de las muy temprano, cuando el tráfico pelea por destartalarse en sentido contrario, en emitir bocanadas de monóxido de carbono hacia la noche, recién dormida, que al otro lado del mundo despierta a otros en otras ciudades: Beijing, Paris, Milán. Es una hora inexistente, inverosímil, llena de estadísticas. Algo como esa hora en que el sol se oxida, occidente, y deja estudios asegurando que es justo el momento en el que ocurren más accidentes, más amoríos prohibidos, más transacciones bancarias, telefónicas, virtuales.
Algo como esa ciudad a esa hora, y algo como S. Mann que arrastra su cansancio hacia el supermercado, sintiendo entre los dedos el calor de la mano de Juliana, que suda un poco, pero es tibia, y aprieta suavemente y de vez en cuando, con el reflejo inconsciente de una alcantarilla destapada que hay que evitar en la oscuridad de pavimento.
Un
Numéricamente hablando un perro es 1 perro. Singular. Exacto. Pero también, en español tranquilo, un perro es cualquiera. Peludo, pastor, orejón, oscuro, nervioso, melancólico, saltador, cafesito, ojeroso, sonriente, desesperante, favorito, sumiso, increíble, insoportable. Cualquiera. Un perro: todos los perros. No. Potencialmente todos, pero no todos, sino cualquiera. Lo que es peor. La gente dice a veces “recuerdo que un día…” y eso es cualquiera. Potencialmente todos los días, pero no.
S. Mann trata de recordar. El vaivén nervioso del pie de la señorita que lo entrevista y ese sonido intermitente, pero casi imperceptible, con que se estrella la punta de su zapato contra el suelo, lo desconcentran. ¿de dónde dice que viene? Deletréelo, por favor. S. Mann confunde la g con la j, pero no lo sabe. La señorita al parecer tampoco, y copia tal cual, Gamundí. Ajá. ¿Y las circunstancias de su salida fueron? S. Mann vuelve al pie nervioso en el zapato puntudo. No recuerda. No quiere recordar. Su relato es un vuelto de la sintaxis del español. Una nube gris. Una amenaza. ¿Quiénes? Los grupos. ¿Cuándo? La conciencia histórica de S. Mann pasa por lo perenne. Recuerda la música de la noche anterior, los caminos polvorientos. La casa revuelta. Recuerda haber visto a Juliana como si fuera la última vez. Ese día de las polleras desgarradas y las camisas rotas en que pudo reconocerla a la distancia. Ese día del nunca jamás. La señorita insiste. Meses, años, la vida entera que de golpe se hizo fría, que de golpe necesitó usar chaqueta y sonarse constantemente la nariz. La vida entera que súbitamente es una construcción y el polvo de siempre. Cuando S. Mann tiene que hablar de sus recuerdos (pero no de cualquier tipo de recuerdos, sino de los felices, que llegan con una risa burlona) no dice un día, dice qué día, así: “qué día fuimos a comprar unas cosas y…” o a veces lo dice distinto: “qué días yo estaba en la obra cuando…” Pero no ahora. Ahora solo aprieta el lápiz que le han facilitado para hacer una breve descripción de los hechos, que a él le parece imposible, y que le sale como el cuaderno de la primaria, borroneada, sucia, envejecida.
2.
En la hora supranacional de los zapatos gastados. En el aire, en el medio, miles de microondas hacen su gorjeo intermitente de mensajes invisibles, y los pájaros que nunca son oídos, descansan por fin de su existencia paralela, que quizá haga el deleite de algún gato. S. Mann y su novia caminan por un sardinel estrecho, en una ciudad. Es la hora indefinible del final de la tarde y van mirándose los zapatos porque el suelo de estas metrópolis en las que ellos pueden vivir es un campo minado de accidentes contractuales (esos que deja la compañía ganadora de licitaciones para el ornato ciudadano, cuyo presidente, prófugo antesdeayer, toma margaritas en las Bahamas, como si no tuviera suficiente con qué escoger otro lugar, el mundo es ancho, pero no: es en las Bahamas o nada). En fin, evitan el hoyo negro de una alcantarilla sin tapa. S. Mann y Juliana ven los buses que pasan llevándose el hilo de su conversación, los perciben de reojo, se repiten las frases recién dichas en un intento de existir tras el efecto doppler de los exostos, de los motores. No se entienden, pero se entienden y por eso existen. S. Mann siente el anillo recién estrenado en el dedo anular de Juliana. Recuerda algo. Hay un supermercado que los acoge. Escoge:
Infinitas cajas de cereales a lo Warhol. Una: 10% menos calorías. Otra: 100% orgánica. Otra 99,9% mejor que las otras. El preludio de la mañana saludable de los próximos días, que debería leerse. La letra menuda de los ingredientes advierte endulcorantes, conservantes, antioxidantes, pero S. Mann, analfabeta funcional declarado por la ONU, no los lee. O sí, los lee a su modo y busca el más barato. Igual que los funcionarios no leen la letra menuda (el gesto oscuro) de los contratos del desfalco cotidiano. Igual que no se lee nada, en una ciudad de más de diez millones de habitantes, millones de años, millones de desplazamientos: maletas descosidas y bolsas plásticas en las que se apretaron – pero cuidado con que no pese demasiado – los objetos de lugares mutilados, perseguidos, de los que ahora quedan dicciones en las voces, cicatrices, y el humo lejano de un incendio.
Los académicos de la lengua estudian dialectología. Dejomagia, demagogia, así también se llama. Una ciencia hermética, impermeable, sobre los dejos ajenos, que son sonidos prohibidos y viciosos que se le pegan a las palabras, unos mugres, unos parásitos que conocen solo los que son capaces de percibirlos. Los distantes. Los académicos no son académicos, son más. Son amediáticos, y hablan de cosas puras que se pierden, de cosas limpias que se ensucian y se escandalizan porque ya no hay brillo, porque ya no hay esplendor. S. Mann tiene un idioma dejado (lo dejó cuando era muy chico, en un pueblo asediado por traqueteos). Una lengua sedienta y extranjera con la que pronuncia todo mal, pero le entienden. Tiene una lengua necia y coqueta, dice Juliana, una de las que sí sirven para los besos, esos, los de toda la vida, los de para siempre jamás, los de la enfermedad y la salud, los de vivieron felices y comieron perdices llenas de conservantes.
señales
Doscientas fanegadas. Quién sabe cuántos metros y subdivisiones infinitas: decímetros, centímetros, milímetros, de variedades verdes. Quién sabe cuántas posibilidades, vibrantes, movedizas, llenas de palpitaciones irregulares. Quién sabe cuánta vastedad y qué incontables variaciones de la luz, del viento, y de sus efectos. Nubes, desgarrones indisciplinados de nubes, unas más blancas, otras más grisáceas, más violetas. Nubes. La tierra entera – esa tierra contada y recontada por las generaciones orgullosas de la familia – podría haber sido moldeada por el empujón constante de una neblina densa, o liviana, pero insistente en su tarea de filtrar la luz y darle a cada cosa su brillo excepcional, mate aquí, deslumbrante allá. Doscientas fanegadas no son tanto, claro, y mucho menos lo son en el país de los terratenientes. En la nación de las botas de caucho. De los dones, don Clímaco, don Álvaro, don Rafael, o peor, de las doñas, dueñas de todo lo que usted pueda ver desde aquí hasta el horizonte, todo lo que cae bajo la señal de unos dedos finos, vírgenes de los rigores del polvo, pero lo suficientemente firmes para saber apuntar a la lejanía enfundados en uno o varios anillos. No son tanto. Son doscientas. Una pequeña porción capaz de algún orgullo humilde, pero orgullo al cabo. Y no solo son doscientas. Son doscientas menos cien, inutilizables, con sus bosques intactos. Pero eso cambiará muy pronto. La doña, será una buena doña, con un anillo nuevo.
decir casi lo mismo
“Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuese que fuera el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas…” A la larga, pensaba, ambos eran esclavos de los caprichos del deseo, o de las palabras. Por eso ahora sentía compasión y no otras cosas que pueden sentirse ante la evidencia de una posibilidad. Compasión, que no era nada más que saberse espejo de ese otro a quien escogería para hacerlo existir y quien, al tiempo, elegía a su vez, en la distancia, bajo las estelas luminosas que se descolgaban del techo de Las Delicias.
Sus ojos nítidos empezaron lo que intuía ya como una terrible sesión humana. La de la invención y el reconocimiento. La de la traición. Buscaba un devorador. Ese, al que competía sucumbir sin escapatoria, sin salvavidas. La sola idea de sucumbir le adormecía los labios hasta querer mordérselos. Se imaginaba de arriba abajo, supuesto por el otro: cabeza, hombros, rodillas y pies. Perfilaba su propia garganta vigorosa, vista por el otro, en la que reconocería un órgano capaz de padecer el alcohol en arrogancia deliciosa, así, como se pasan los malos pensamientos. Imaginaba su propio cuerpo, en la mirada del otro. Erizamiento perfecto, el vaso mismo de la belleza, lleno de sí, de su solitario artesano, tan kitsch, tan lindo, casi un poeta, semidios anónimo que nadie sino el otro intuía bajo las capas inevitables de sus propias marcas. Bajo aquellas cicatrices en sus gestos, ese dejo de su personalidad, que los demás llamaban complejos, taras, o el resultado de una terrible desilusión.
En contraste con la prosperidad colectiva a su alrededor, sabía que parecía uno de esos simplones. Un pobretón amargado, destinado a los oficios infames del aburrimiento, o al suicidio. Uno de esos pusilánimes por los que no se siente sino lástima, o un odio profundo. El escritor ese, el de la mesa lejana, el de la copa silenciosa que siempre llega solo y no sale nunca acompañado. Pero el otro sabría.
Así también, su mirada sabia, entrenada por años en saberse observado al margen de los buenos oficios, soportaría (casi sin esfuerzo) los empujones de las conclusiones que lo rodeaban, las mareas de los sentidos que lo despedían hacia su esquina de perro abandonado, de mugre existencial, que se tolera en el bar respingón de Las Delicias siempre y cuando se quede quieto y no moleste. Siempre y cuando no exista con su chaqueta raída.
Pero el otro, como él, cargaba un alma poderosa y curtida en la tarea de olvidar cómo era visto, y con ella se desplegaba ahora en las panorámicas que le ofrecían Las Delicias, fundando una selva anudada de nucas nocturnas, pobladas, de hombros extendidos en brazos bailadores, bebedores, descubiertos al calor de otras pieles y roces, y de otras miradas venidas de cualquier parte. Podía descartar las rodillas ajenas, pues las suyas eran las del arrodillado. Y sabía, entre todos los zapatos, cuáles eran sus pies.
Tenía que concentrarse. Tenía que relajarse. Tenía que recordar la naturaleza de su trabajo. Pensar en sí mismo como presa de alguien que lo deseara con su deseo. Señuelo de alguien que ahora mismo lo buscaba, desde la nuca hasta el vaso en la mano, desde el Atlas hasta el Coxis, con sus propios ojos de filo explorador, de carnívoro perseguido.
Las meseras pasaban a su lado con desdén y lo olvidaban. Normal. Todo puede soportarse si se piensa en el final, en su caso, si pensaba en el inicio de la historia que lo engendraba. La cacería que lo ocupaba prometía la existencia feliz de algunas horas extras. Horas desahuciadas en las que después de ver irse a los últimos clientes y oír la puerta metálica rajarse hasta abajo, le dejaban el poste eléctrico y su sombra de monstruo, y allá, al otro lado de la calle, la proyección opalina del otro único y ordinario que espera, y busca un cigarrillo anhelando a gritos que alguien le traiga fuego.
Ese alguien, tan kitsch, tan lindo bajo la luz del alumbrado público, es siempre él y a continuación se sabe que no hacen falta palabras, aunque se dicen, buena fiesta y qué frío, y apenas el fosforito se acaba está claro que los ladridos lejanos prometen mucho más que toda una jauría que salta a la yugular, al oído: suave que te conozco como la palma de la mano con la que aprieto y suelto. Suave, que me reconozco en tu izquierda, mi derecha, y sé que eres ese cualquiera, como yo, tan feliz ahora, como yo, tan real ahora, como yo, en las mejillas saladas y satisfechas de la madrugada que se desliza sobre el mundo para separarnos.
La idea de esas horas lo erguía con su promesa de existencia, pues adentro no era nadie. Apenas la negación gris del que está solo y tiene un par de zapatos viejos, heredados del primo que estudia en el extranjero. Adentro era el indeseado. Su propia capa de prejuicios. Su escasa paga por palabra. Su Babel.
Un trago astringente quema su tráquea y le recuerda la dignidad de su destino. Piensa entonces en el zapato del otro, tirado mañana para que se lo lleven los barrenderos, como una herradura citadina.
Estira la servilleta arrugada en torno al tatuaje de la base húmeda que dejó su vaso. Busca el esfero en el bolsillo y da la primera estocada:
Busco en la sombra lunar
sobre la calle
la oscuridad terrena de un satélite innombrable
sombra redonda,
esfera giratoria interpuesta entre el sol y yo.
No tengo palabras para nombrarte
sino olvido, silencio
y te llamo a la superficie del sueño
amuleto perdido
estrella de cuatro hojas
solitario Adán
traductor imposible
No alcanzó a apoyar el punto cuando su carnada surtió efecto:
—¿Te veo afuera? –preguntó sobre su hombro una voz tan extraña como la propia.
—Claro, yo también fumo.
Lost in translation
sobre la calle
la oscuridad terrena de un satélite innombrable:
sombra redonda,
esfera giratoria interpuesta entre el sol y yo.
No tengo palabras para nombrarte
sino olvido, silencio
y te llamo a la superficie del sueño
amuleto perdido
estrella de cuatro hojas
solitario Adán
traductor imposible.
Sinónimos
Me pongo nerviosa. ¿Alcanzarán a saltar esas minúsculas fracciones de uña sucia hasta mi lugar? ¿me caerá una en la nuca? tengo que cambiarme de puesto. Por fortuna, a esta hora desempleada de las 11:00 am los buses no van muy llenos, así que hay un conveniente lugar vacío unos cuatro puestos adelante, en la primera fila.
Tengo un vidrio generoso que, sin embargo, no se abre. Y aunque hace un sol raro -de los infrecuentes en esta urbe de frailejones - el sopor que produce no me molesta.
Ese niño, con su saquito vinotinto de colegio público (siempre son vinotinto o azules) tenía que estarse cortando las uñas con un aparato "cortaúñas" - reflexiono ahora que puedo - porque si lo hiciera con las tijeras no produciría ese ruido aterrorizante.
Pienso en los dos instrumentos. En su liviandad plateada de miscelánea. En su versatilidad portátil. Me pregunto si habrá algo más obsceno y fantástico. Estos dos insectos modernos, con sus articulaciones y sus patas, mutiladores, devoradores de carne humana…
Entre los dos prefiero las tijeras, porque no hacen ruido y, porque, a diferencia del cortaúñas, me recuerdan menos a las cucarachas. Con ellos se repite la antiquísima lucha entre lo inteligente y lo hermoso, y hay uno que es un alacrán y otro, menos interesante, que semeja a las mariposas.
Al final del día, todo cabe en el bolsillo.