miércoles 17 de junio de 2009

16 de junio, pero 17. BLOOMSDAY. work in progress

Bloomsday, el 16, pero el 17 (por falla de última hora del servidor de internerd)

Es un día de altiplano cundiboyacense en la capital colombiana. Eso significa que el despertador suena a las 6 y que los esfuerzos por omitirlo terminan a las 6:10, cuando el perro exige salir so pena de hacer un desastre. Últimamente mis costumbres se han ido relajando lo suficiente para hacer esperar al perro, que sufre con sus ojos de necesito salir ya, y yo lo miro impasible en su educada agonía durante el minuto y medio que se demora mi viejo microondas en calentar una taza de café hecho ayer. Salgo a la calle con la taza en la mano y el enorme pastor peludo suelto, y confío en que a esa hora no haya en mi cuadra alguna señora activista y jubilada de las que llaman a la policía y hacen juntas de vecinos porque el animal ese, porque ya no hay respeto. Nadie lo controla, esa es la verdad, y ahora que por fin alza la pata tiene suficiente fuerza para arrastrarme si llego a pensar en ponerle una correa, así que prefiero abrir la puerta a su energía de fenómeno meteorológico, antes de caer en el forcejeo de que sea él quien me saque de paseo a mi. Esa es la hora macabra de la sudadera y el perro descontrolado en mi cuadra gay y superstilish de ventanas bonitas y tiendas alternativas, sensibles, casi sin nombre, a las que se llega por un profundo conocimiento de las tendencias del mercado de zapatos, o por Internet, gracias a la recomendación de algún amigo favorecido por los dioses en el tema de lo chic. Le freak c’est chic. Así pasa la mañana embrumada, una hora de interiores para todos los que no están gritando en la calle, tratando de que el perro no se aleje demasiado. Mis vecinos deben estar terminando sus meditaciones y su yoga, y buscarán zanahorias y apio para comenzarlo todo bien, en versión extracto Jack LaLanne y música india. Yo me acuerdo de cuando hace ya años Julio se partió la rodilla, “lesión de futbolista” decía el médico que miraba las radiografías de su ligamento anterior cruzado, que no solo se descruzó en una inversión dolorosa, sino que logró pulverizarse. En esos días nosotros estábamos medio instalándonos en las montañas de este barrio en el que se produce y distribuye todo el frío bogotano, y no teníamos perro. Después de la cirugía Julio parecía una momia adolorida con la pierna vendada entera y unas pastillitas primas de la morfina que se tomaba cada ocho horas. No podía leer, no podía casi levantarse. Entonces decidimos asegurar la sanidad mental de la familia dejando de lado los canales nacionales de la tele, que entraban verdosos e interferidos por falta de antena (lo más surrealista de mi vida fue haber seguido Pasión de gavilanes en versión de galán psicodélico latinoamericano), y entramos en el mundo de la televisión por cable (más el Xbox, más el dvd). Así llegó a nuestras mañanas el telemárketing. Yo me vestía y veía a Julio perderse de canal en canal entre aparatos para lograr abdominales de acero, cremas adelgazantes, aspiradoras capaces de desaparecerle a la gente hasta los mugres en la conciencia. El zapeaba. Zap. Zap. Y yo me miraba la barriga pensando hasta cuando mi autoestima sería capaz de evitar llamar al 1800 whatever en el que se conseguía el magic abs. No duré un mes antes de estarme partiendo el pulgar del pie contra la pata del aparato, eso sí, portátil. liviano, fantástico, que ahora dormía acurrucado debajo de mi cama, mientras yo me paraba a trabajar para ver cómo pagaba la tarjeta de crédito. OHHHH freak out!

Me gusta entrar a mi casa de vuelta con Hector, que ya viene tranquilo, bate la cola y busca su palo enterrado en el sofá. Es la hora en la que prendo el computador y lo dejo abandonado, mientras se restituye y se ajusta. Es la hora en que ya soy capaz de hacer café fresco, de prender la grabadora del baño, de pensar en cómo va a ser el día. Es la hora de mi venganza deliciosa, en la que veo pasar los carros apurados que salen de los garajes de los vecinos con destino a las oficinas del mundo. Yo, mientras, husmeo el periódico de los vecinos, saco la ropa y hago un poco de ruido para que Julio se vaya despertando. El día ha logrado su color de resaca, un blanco brillante y frío que acentúa la materia gris: el pavimento, los edificios, el smoke. Eso indica que son cerca de las 7:00, la hora de los escándalos en las emisoras, de las estadísticas, del país tropical. Hoy con 66 grados Fahrenheit que yo no sé convertir a Celsius, pero que hablan claramente de que no habrá mucho sol, y de que tal vez sea mejor cargar con el paraguas.

7:00 pm. De cualquier manera, como ocurre con todas las predicciones colombianas, el paraguas fue un estorbo todo el día, porque no llovió, y porque en nuestro 16 de junio bipolar, como todos los días de la vida tuvimos curvas sospechosamente puntudas de inflexiones climáticas inesperadas y desesperantes. Vengo de la universidad, primero, en donde voy a un curso de vacaciones. Hoy fue el primer día y nuestra profesora nos introdujo a la problemática de la historia de la lectura. Hablamos de cien años de soledad, del lector errante que escribe en sánscrito y de su única lectura posible y desastrosa. Hablamos de la lectura de diarios en el Coronel no tiene quien le escriba. Hablamos de la novela María, de Isaacs y de cómo hoy en este país de desplazados se lee como otro testimonio de los paraísos perdidos. Me gusta que los paraísos naufraguen. Me gustan los naufragios. Las estructuras abandonadas que súbitamente se vuelven reliquias enormes o museos de grafittis. Hablamos de qué es leer. Yo pensaba en muchas cosas. Primero en Leonardo Da Vinci, que fue el padre de la aviación cuando el mundo descubría los aviones y que hoy es como el gurú de la nueva era, de las ciencias oscuras, de la interpretación evangélica gracias a Dan Brown. Al final me acordé de mi abuela, tan sexy, tan moralista, tan nacida en 1900. Me acordé de un día cuando ella era muy vieja. Acababan de estrenar “Todo sobre mi madre” y ella me contó que la había visto. Yo le pregunté, pensando en la monja con sida, en la monja embarazada, en el travesti fantástico capaz de hablar de los sueños femeninos, le pregunté si no le había parecido un poco fuerte. “Nooooooooo, miamor, a mi nada me impacta desde que vi llegar el hombre a la luna”. Jajaja. Eso dijo y Almodóvar era un pendejo. Ese fue uno de los días más felices de mi vida. Más tarde la clase de yoga. Mis vecinos me envidiarían si supieran. Oscar, el profesor, es un hombre mayor que fue bailarín clásico muchos años y luego bailarín moderno. Tiene cada músculo en su sitio y un título de quiropráctico que a mi me alivia las vértebras completas los martes por la tarde. Se fuma un cigarrillo antes de la clase, y dice que esto es yoga urbano, nada de drama, aquí nadie se ilumina mientras estiramos las piernas y oímos un jazz delicioso. Ahora que voy cerrando el día pienso en mi paraguas deprimido. Tal vez mañana pueda abrirse para mirar el cielo. Tengo una caja de pizza caliente y recién llegada y oigo la musiquita de los Simpson en la tele al lado. Una excusa inmejorable para buscar el punto final.

Work in progress.

6 comentarios:

Nathan dijo...

Quiero más...aunque no sé si me incluyes en eso de la cuadra trendy. Está súper, aunque el tal Julio ese es un vago, durmiendo hasta las 8, no, no, no...
ATT:Ratán

Lanark dijo...

Lo que me da más envidia de los Bloomsday de los otros resultaron ser los perros y los gatos. No los pubs ni la cerveza ni el whisky (o tal vez más bien whiskey irlandés), probablemente por ser entre semana. El huracán Héctor la saca del estadio. También podría haberme dado envidia el estar en Bogotá, pero esos vecindarios tan burgueses me espantan un poco.

Buen bloomsday.

batin dijo...

Buena esa Hector, a ver si le pones el teléfono bien babeado en la mano...y le marcas mi número..

Diego Niño dijo...

Quizás el color de las mañanas bogotanas esté más cerca al abatimiento que a la resaca…

Coincido, por otra parte, con Lanark: los perros y los gatos del Bloomsday pasearon, retozaron, durmieron a sus anchas. Los humanos fuimos los que padecimos las imposiciones de la monotonía…

Excelente Bloomsday!!

Saludos desde la abatida Bogotá

Portnoy dijo...

Perdona el retraso, voy errando por paraísos náufragos y al final la derrota fue lenta. Muchas gracias por tu colaboración

Bochika dijo...

No se si uno puede tener fans si no toca la guitarra, pero yo soy tu fan. Me encanta leerte, y me encanta la repentina reaparición después del viaje al mundo donde los inodoros giran al revéz. Me encanta. Me gusta el tal Héctor, que no parece griego, y el tal Julio, que se atiende como griego, y miro mi paraguas y espero que el perro se lo coma a ver si reaparecen las lluvias. No pares, por favor.