viernes 9 de julio de 2010

El médico dice que es alérgica a la lana

Un sillón de cuero. Cómodo, flojito, de los que siempre guardarán el olor del almacén, incluso cuando lleguen a una soberbia vejez roída. Un sillón para leer, o para revolcarse, o para envidiar la siesta de algún gato insoportablemente doméstico. La luz de la amplia marquesina rebota en él, invita. En la posición más antipática posible para semejante mueble del placer burgués, la señora, con su falda planchada de largo incierto, se yergue concentrada en su tejido. Teje con las uñas rojas y brillantes. Teje como sus abuelas, a velocidad luz, pensando en otras cosas –la sirvienta me desespera, cuántas veces tendré que repetirle… –Teje y oye las noticias en la tele que no mira, teje y deja que los sedantes hagan lo suyo. No sabe por qué teje. Ni para quién. Esto que empieza podría ser un saco de bebé, una bufanda, la manga de algo que no va a usar nunca nadie. Teje porque aprendió a tejer cuando las monjas. Cuando sus tías. Cuando las promesas de la casa y la familia. Teje su tejido ostereizer, su enredo neurótico generalelectric, teje su valium manual, su herencia maternal de orgullo: el mayor en Nueva York, cómo te parece, la menor ya casi señorita, mi marido muy bien, esta semana en Panamá. Algo la detiene. Se contrae, se recuesta. Mira las nubes sobre su enorme cielo de vidrio. Pasa un pájaro que caga.