viernes 9 de julio de 2010

The globe


Escenario

Algo como una gran avenida congestionada y de sardineles estrechos. Algo como una ciudad, una premetrópoli llena, superpoblada en las márgenes eternas. Una ciudad en la que la mezcla de la luz – las luces nocturnas de automóviles, restaurantes, esquinas del comercio, gasolineras – y el smoke y el ruido y la velocidad pesada de los autobuses hacen que la gente camine mirándose los pies, levantando a veces la mirada con una tensión incómoda de polvo en el aire. Una de esas ciudades de los relojes de hotel: Lima, Buenos Aires, Santiago. Y ahora, la hora: 6:45, 7:00, meridianos más, meridianos menos: 5:45, Bogotá, Sao Paulo. El atardecer ensordece con su azul desorientado. Aquí no hay horizonte sino siluetas. La vista pasa de los zapatos oscuros a los contornos sobreexpuestos de las antenas parabólicas, las chimeneas ocasionales en desuso, los tanques de agua que coronan edificios no muy altos, apenas lo suficiente para ocultar lo que queda del sol, tras las bodegas, lo que queda del día, tras las instituciones, y duplicarse en una sombra retinta, extinta, absorbente, recortada por algunas pocas casas.

El sol se pone así. Sin ponerse, se pone. (Me pregunto si es posible un sinónimo de ex-puesto… ¿emergido?). Es un sol relevado por un cielo que fue intenso y azul en la prehistoria de la mañana y al que ahora se le coló toda la negrura del mundo con la aparición de la primera estrella, que será la única visible, o quizá se trate de una antena que titila, o un satélite inmóvil, nueva tecnología de la ex-Aereocivil, desde hace poco propiedad de Lufthansa, que previene los desastres aéreos a lo lejos–. Es la hora culpable de un meridiano nocturno, tan similar a los de la mañana, que casi puede predecirse. Parece la hora de las muy temprano, cuando el tráfico pelea por destartalarse en sentido contrario, en emitir bocanadas de monóxido de carbono hacia la noche, recién dormida, que al otro lado del mundo despierta a otros en otras ciudades: Beijing, Paris, Milán. Es una hora inexistente, inverosímil, llena de estadísticas. Algo como esa hora en que el sol se oxida, occidente, y deja estudios asegurando que es justo el momento en el que ocurren más accidentes, más amoríos prohibidos, más transacciones bancarias, telefónicas, virtuales.

Algo como esa ciudad a esa hora, y algo como S. Mann que arrastra su cansancio hacia el supermercado, sintiendo entre los dedos el calor de la mano de Juliana, que suda un poco, pero es tibia, y aprieta suavemente y de vez en cuando, con el reflejo inconsciente de una alcantarilla destapada que hay que evitar en la oscuridad de pavimento.


Un

Numéricamente hablando un perro es 1 perro. Singular. Exacto. Pero también, en español tranquilo, un perro es cualquiera. Peludo, pastor, orejón, oscuro, nervioso, melancólico, saltador, cafesito, ojeroso, sonriente, desesperante, favorito, sumiso, increíble, insoportable. Cualquiera. Un perro: todos los perros. No. Potencialmente todos, pero no todos, sino cualquiera. Lo que es peor. La gente dice a veces “recuerdo que un día…” y eso es cualquiera. Potencialmente todos los días, pero no.

S. Mann trata de recordar. El vaivén nervioso del pie de la señorita que lo entrevista y ese sonido intermitente, pero casi imperceptible, con que se estrella la punta de su zapato contra el suelo, lo desconcentran. ¿de dónde dice que viene? Deletréelo, por favor. S. Mann confunde la g con la j, pero no lo sabe. La señorita al parecer tampoco, y copia tal cual, Gamundí. Ajá. ¿Y las circunstancias de su salida fueron? S. Mann vuelve al pie nervioso en el zapato puntudo. No recuerda. No quiere recordar. Su relato es un vuelto de la sintaxis del español. Una nube gris. Una amenaza. ¿Quiénes? Los grupos. ¿Cuándo? La conciencia histórica de S. Mann pasa por lo perenne. Recuerda la música de la noche anterior, los caminos polvorientos. La casa revuelta. Recuerda haber visto a Juliana como si fuera la última vez. Ese día de las polleras desgarradas y las camisas rotas en que pudo reconocerla a la distancia. Ese día del nunca jamás. La señorita insiste. Meses, años, la vida entera que de golpe se hizo fría, que de golpe necesitó usar chaqueta y sonarse constantemente la nariz. La vida entera que súbitamente es una construcción y el polvo de siempre. Cuando S. Mann tiene que hablar de sus recuerdos (pero no de cualquier tipo de recuerdos, sino de los felices, que llegan con una risa burlona) no dice un día, dice qué día, así: “qué día fuimos a comprar unas cosas y…” o a veces lo dice distinto: “qué días yo estaba en la obra cuando…” Pero no ahora. Ahora solo aprieta el lápiz que le han facilitado para hacer una breve descripción de los hechos, que a él le parece imposible, y que le sale como el cuaderno de la primaria, borroneada, sucia, envejecida.

2.

En la hora supranacional de los zapatos gastados. En el aire, en el medio, miles de microondas hacen su gorjeo intermitente de mensajes invisibles, y los pájaros que nunca son oídos, descansan por fin de su existencia paralela, que quizá haga el deleite de algún gato. S. Mann y su novia caminan por un sardinel estrecho, en una ciudad. Es la hora indefinible del final de la tarde y van mirándose los zapatos porque el suelo de estas metrópolis en las que ellos pueden vivir es un campo minado de accidentes contractuales (esos que deja la compañía ganadora de licitaciones para el ornato ciudadano, cuyo presidente, prófugo antesdeayer, toma margaritas en las Bahamas, como si no tuviera suficiente con qué escoger otro lugar, el mundo es ancho, pero no: es en las Bahamas o nada). En fin, evitan el hoyo negro de una alcantarilla sin tapa. S. Mann y Juliana ven los buses que pasan llevándose el hilo de su conversación, los perciben de reojo, se repiten las frases recién dichas en un intento de existir tras el efecto doppler de los exostos, de los motores. No se entienden, pero se entienden y por eso existen. S. Mann siente el anillo recién estrenado en el dedo anular de Juliana. Recuerda algo. Hay un supermercado que los acoge. Escoge:

Infinitas cajas de cereales a lo Warhol. Una: 10% menos calorías. Otra: 100% orgánica. Otra 99,9% mejor que las otras. El preludio de la mañana saludable de los próximos días, que debería leerse. La letra menuda de los ingredientes advierte endulcorantes, conservantes, antioxidantes, pero S. Mann, analfabeta funcional declarado por la ONU, no los lee. O sí, los lee a su modo y busca el más barato. Igual que los funcionarios no leen la letra menuda (el gesto oscuro) de los contratos del desfalco cotidiano. Igual que no se lee nada, en una ciudad de más de diez millones de habitantes, millones de años, millones de desplazamientos: maletas descosidas y bolsas plásticas en las que se apretaron – pero cuidado con que no pese demasiado – los objetos de lugares mutilados, perseguidos, de los que ahora quedan dicciones en las voces, cicatrices, y el humo lejano de un incendio.

Los académicos de la lengua estudian dialectología. Dejomagia, demagogia, así también se llama. Una ciencia hermética, impermeable, sobre los dejos ajenos, que son sonidos prohibidos y viciosos que se le pegan a las palabras, unos mugres, unos parásitos que conocen solo los que son capaces de percibirlos. Los distantes. Los académicos no son académicos, son más. Son amediáticos, y hablan de cosas puras que se pierden, de cosas limpias que se ensucian y se escandalizan porque ya no hay brillo, porque ya no hay esplendor. S. Mann tiene un idioma dejado (lo dejó cuando era muy chico, en un pueblo asediado por traqueteos). Una lengua sedienta y extranjera con la que pronuncia todo mal, pero le entienden. Tiene una lengua necia y coqueta, dice Juliana, una de las que sí sirven para los besos, esos, los de toda la vida, los de para siempre jamás, los de la enfermedad y la salud, los de vivieron felices y comieron perdices llenas de conservantes.