Doscientas fanegadas. Quién sabe cuántos metros y subdivisiones infinitas: decímetros, centímetros, milímetros, de variedades verdes. Quién sabe cuántas posibilidades, vibrantes, movedizas, llenas de palpitaciones irregulares. Quién sabe cuánta vastedad y qué incontables variaciones de la luz, del viento, y de sus efectos. Nubes, desgarrones indisciplinados de nubes, unas más blancas, otras más grisáceas, más violetas. Nubes. La tierra entera – esa tierra contada y recontada por las generaciones orgullosas de la familia – podría haber sido moldeada por el empujón constante de una neblina densa, o liviana, pero insistente en su tarea de filtrar la luz y darle a cada cosa su brillo excepcional, mate aquí, deslumbrante allá. Doscientas fanegadas no son tanto, claro, y mucho menos lo son en el país de los terratenientes. En la nación de las botas de caucho. De los dones, don Clímaco, don Álvaro, don Rafael, o peor, de las doñas, dueñas de todo lo que usted pueda ver desde aquí hasta el horizonte, todo lo que cae bajo la señal de unos dedos finos, vírgenes de los rigores del polvo, pero lo suficientemente firmes para saber apuntar a la lejanía enfundados en uno o varios anillos. No son tanto. Son doscientas. Una pequeña porción capaz de algún orgullo humilde, pero orgullo al cabo. Y no solo son doscientas. Son doscientas menos cien, inutilizables, con sus bosques intactos. Pero eso cambiará muy pronto. La doña, será una buena doña, con un anillo nuevo.
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