Me pongo nerviosa. ¿Alcanzarán a saltar esas minúsculas fracciones de uña sucia hasta mi lugar? ¿me caerá una en la nuca? tengo que cambiarme de puesto. Por fortuna, a esta hora desempleada de las 11:00 am los buses no van muy llenos, así que hay un conveniente lugar vacío unos cuatro puestos adelante, en la primera fila.
Tengo un vidrio generoso que, sin embargo, no se abre. Y aunque hace un sol raro -de los infrecuentes en esta urbe de frailejones - el sopor que produce no me molesta.
Ese niño, con su saquito vinotinto de colegio público (siempre son vinotinto o azules) tenía que estarse cortando las uñas con un aparato "cortaúñas" - reflexiono ahora que puedo - porque si lo hiciera con las tijeras no produciría ese ruido aterrorizante.
Pienso en los dos instrumentos. En su liviandad plateada de miscelánea. En su versatilidad portátil. Me pregunto si habrá algo más obsceno y fantástico. Estos dos insectos modernos, con sus articulaciones y sus patas, mutiladores, devoradores de carne humana…
Entre los dos prefiero las tijeras, porque no hacen ruido y, porque, a diferencia del cortaúñas, me recuerdan menos a las cucarachas. Con ellos se repite la antiquísima lucha entre lo inteligente y lo hermoso, y hay uno que es un alacrán y otro, menos interesante, que semeja a las mariposas.
Al final del día, todo cabe en el bolsillo.
1 comentarios:
Me encanta.
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